El 5 de julio de 1885, día del nacimiento de Blas Infante en Casares, la noticia más relevante que ocupaba un espacio destacado en las portadas de la prensa es la epidemia de cólera morbo o cólera asiático. Esta epidemia tuvo varios brotes a lo largo del siglo XIX, como los de 1833, 1855, 1865 y 1885. Esta fulminante enfermedad de la que no se encontraba cura en esos años, consistía en fiebre, vómitos y diarreas que terminaban con la muerte del enfermo por deshidratación.

En Andalucía tuvieron especial incidencia el primero y el último. Éste procedía de la India y afectó a Francia, Italia, España y se trasladó a América posteriormente. En el caso español, surgió en Alicante y para la primavera, se había extendido por todo el país. En total se contabilizaron, con las dudas que generan las estadísticas de esos años, más de 120.000 personas.

El cólera morbo suponía el establecimiento de cordones sanitarios (cierre de municipios) o la cuarentena de los viajeros que se trasladaban de un territorio a otro o, en otros casos, su limpieza por medio de su fumigación o el cierre de fronteras, como la de Andalucía y Portugal.

También en algunos municipios se habilitaban espacios aislados donde albergar a los enfermos o para mantener encerrados a las personas procedentes de lugares afectados por la pandemia. Hubo lugares en Andalucía, como por ejemplo Málaga o Sevilla, donde se negaban a adoptar medidas de aislamiento o cierre por “perjuicios causados al comercio y a la industria con las medidas de precaución […] no tienen comparación alguna con los que a esas mismas clases proporciona la presencia del cólera”.

Otra opción era la huida, reservada a las élites. Así, en el caso sevillano está documentada la fuga de la ciudad: “Son muchas las familias distinguidas de esta capital [Sevilla] que han marchado a otros puntos”. Nombres tales como los marqueses de Esquivel, las familias Núñez de Prado y Benjumea o el jefe del Partido Izquierdista, Rafael Laffitte, el senador y jefe del Partido Conservador en Sevilla, el conde de Casa Galindo, aparecen en el listado.

Entre las portadas que se exponen, merece la pena detenerse en la de La Paz de Murcia, donde se relata de forma detallada el viaje que hace Alfonso XII a Aranjuez para conocer in situ la situación de la epidemia (“invasiones” es el término usado, como sinónimo de contagio) en esa ciudad. O cómo en ese periódico se denuncia cómo “casi todas las personas acomodadas han querido hacer uso de lo que me permito llamar “el jarabe de los dos gemelos”, que son los músculos de sus piernas”. Otro ejemplo es la portada del jerezano Guadalete, donde se describe la labor de los “héroes anónimos”: practicantes, los mozos de los hospitales, los sepultureros, o los que atienden el despacho de billetes para el tren y observan cómo venden los billetes a los “fugitivos”, los que huyen de la enfermedad, mientras ellos se disponen “a desafiar tranquilos y serenos a la muerte”.

Fuentes:
Antonio Luis López. El cólera morbo de 1885 y sus repercusiones sobre la emigración portuguesa en Isla Cristina. 2014.
Manuel Angel Calvo Calvo. El cólera morbo de 1885 en Sevilla y sus consecuencias sociales. Revista Ayer 2018.

Manuel Hijano del Río. Universidad de Málaga.

Escribir sobre un intelectual, investigador e historiador de la altura de quien es Patrono de la Fundación Blas Infante desde su creación, Juan Antonio Lacomba, supone un reto. Es fácil cometer un error u olvido, porque su producción científica es muchísima, así como los escenarios de su vida, los ámbitos y temas abordados, y el gran número de libros y artículos para la Historia de Andalucía. A modo de recuerdo, cuatro años después de su fallecimiento, el intento es muy necesario y merecido.

Juan Antonio nace en Chella, provincia de Valencia, en 1938. En 1961, consigue su licenciatura en Filosofía y Letras y se doctora en Historia por la Universidad de Valencia en 1967, ciudad donde inicia su andadura como profesor de secundaria y también como docente universitario colaborador.

Su Tesis Doctoral profundiza sobre la crisis española de 1917, un trabajo que el franquismo censura en un primer momento, aunque años más tarde consigue ver la luz. Posteriormente, trabaja en Institutos de Pontevedra y Béjar, provincia de Salamanca. Un año después de lograr su cátedra de enseñanza secundaria, en 1966, pide su traslado a Málaga. Primero consigue plaza en el Instituto de Vélez-Málaga y, posteriormente, se traslada a la capital malacitana, para ejercer como docente del Instituto Nuestra Señora de la Victoria, en el Paseo de los Martiricos. Una década después, llega a ser su Director.

En los setenta, se incorpora a la docencia universitaria. En 1970, como profesor adjunto del Colegio Universitario y, en 1979, toma posesión de la cátedra en Historia de la Economía, en la Escuela Universitaria de Empresariales de la Universidad de Málaga.

Cinco aspectos relevantes de su vida y obra.

Más allá de sus datos puramente biográficos, es momento también de hacer un sencillo, inicial y breve análisis de lo que supone para Andalucía la vida y obra de este intelectual del andalucismo. Para ello, abordaremos sus orígenes familiares y su formación, la promoción de diversas iniciativas y organizaciones, la investigación del andalucismo histórico, sus experiencias en política, y su trabajo como historiador y docente.

En primer lugar, recibe una sólida formación en el seno de su familia. Su entorno más próximo se convierte en el espacio donde aprende y lee de todo, que propicia el estudio y el amor por la Historia. Por otro lado, en su casa valenciana, Juan Antonio Lacomba conoce a Manuel Ballesteros, catedrático de Historia de la Universidad de Valencia y de la Complutense, amigo de su padre. Es este universitario quien le aficiona a las lecturas históricas.

Su padre, Juan Lacomba Guillot, es un “maestro de la República”. Nace en el Cabanyal (Valencia), colabora en varios periódicos, estudia Magisterio y se inicia en la Pintura y en la Literatura. En 1928, se traslada a Galicia donde trabaja en una escuela rural. Poeta de renombre, trabaja en Chella desde 1932 a 1939, donde comienza a aplicar las teorías pedagógicas de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos. Un año antes de salir del pueblo, tuvo a su hijo Juan Antonio. Hoy un colegio público en Chella lleva su nombre: Juan Lacomba Guillot, situado en la Avenida de la Constitución.

Su padre pertenece a la generación de docentes renovadores republicanos ante el fracaso del sistema educativo español y, para ello, buscan y ponen en práctica nuevas metodologías más allá de los métodos tradicionales. Son los protagonistas del intento por conseguir los ideales republicanos de escuela única, libertad de cátedra, y escuela laica.

Lacomba, en segundo término, está en los orígenes de muchas instituciones e iniciativas. Expongamos algunos momentos de su vida, cuando forma parte del elenco de los iniciadores o promotores de proyectos ejecutados.

Por ejemplo, como ya hemos mencionado, cuando llega a la capital malagueña, lo hace integrándose en la plantilla del recién creado Instituto Nuestra Señora de la Victoria, en el barrio de Martiricos. En 1966, ese instituto representa la ampliación del histórico Instituto de Gaona y hasta allí se lleva la sección masculina y el material pedagógico usado en el centro: biblioteca, archivo, las colecciones de objetos científicos dedicados a la enseñanza, los gabinetes… El nuevo edificio lo inaugura Franco tan solo cinco años antes, en abril de 1961. Una obra arquitectónica de Miguel Fisac Serna considerada de las más vanguardistas en lo que a construcciones escolares se refiere. Ese edificio innovador, consigue albergar un grupo de docentes afines a la reforma de la enseñanza secundaria. Son años próximos a la Ley General de Educación (Ley Villar Palasí) de 1970. Momentos de una tímida modernización de un sistema educativo inserto en un régimen dictatorial.

También Lacomba forma parte de la Historia de los inicios de la Universidad de Málaga. Llega a una ciudad que está pidiendo su centro de enseñanzas superiores y que se consigue en 1972. Una capital donde la formación universitaria se convierte en un objetivo para fortalecer el incipiente desarrollo económico. Juan Antonio se incorpora como docente a tiempo parcial de la Facultad de Ciencias Políticas, Económicas y Empresariales. Un centro que comienza a dar clases el 10 de octubre de 1965. En 1979 obtiene su plaza como Catedrático en la Escuela Universitaria de Empresariales. Pero también encontramos a nuestro profesor en la lista de socios fundadores del Ateneo de Málaga. Es su Presidente entre 1981 y 1983 y también Presidente de Honor, desde mayo de 2016, en sustitución del emérito Juan Carlos I. Una institución crítica, progresista, que tiene problemas para su legalización y desarrollo en la malacitana plaza del Obispo. Fernando Arcas Cubero resume muy bien la labor de Juan Antonio: “Gracias a Lacomba, en los 70, por el Ateneo de Málaga, pasó lo mejor de la historia, la sociología y la política española de esos momentos (…) Lacomba fue pionero al traer a España del exilio al historiador Manuel Tuñón de Lara para ofrecer una conferencia en Málaga, la primera que pronunció en España”. Al Ateneo también vienen desde Gil Robles, hasta Tamames, pasando por Enrique Tierno Galván.

De aquella época quedan numerosas muestras documentales de que el franquismo vigila al Ateneo. Un informe del Servicio de Información escribe, según la revista Nuevo Siglo (nº22): «Por los anuncios o títulos de las conferencias o disertaciones no se puede formar juicio de cómo pueden ser éstas en cuanto a intencionalidad, pero es el caso que con mucha frecuencia los conferenciantes se pasan de rosca, y su intervención es más bien que una ilustración cultural o científica, una irónica y refinada crítica de la situación política nacional».

También “La Vanguardia” del 12 de junio de 1975, refiere la noticia de la suspensión gubernativa de la conferencia de Gil Robles sobre la Segunda República, en el marco del ciclo organizado por Lacomba sobre “Aspectos de la Historia social de España en el siglo XX”.

Y, por último, es Presidente fundacional de Andalucía Ahora. El 4 de diciembre de 1989 se crea esta asociación donde se encuentran Manolo Sanlúcar, Salvador Távora, Calixto Sánchez, Naranjito de Triana, Joaquín Ruiz Postigo, José Manuel Millán Chivite, entre otros, “cercanos al partido andalucista”, según el ABC 5 de diciembre de 1989. Este colectivo, según se dice ese día, defiende la defensa del habla andaluza, así como del patrimonio histórico y cultural de Andalucía.

Es precursor de los estudios sobre el andalucismo histórico. Tenemos datadas varias fechas que demuestran su interés por la investigación sobre la figura de Blas Infante. Por ejemplo, encontramos una primera conferencia el 17 de diciembre de 1974, en el Colegio Oficial de Ingenieros Industriales de Sevilla con el título “en torno al regionalismo andaluz”, como continuación del libro de Nicolás Salas, “los 7 círculos viciosos del subdesarrollo”. Cuenta la historia de andalucismo y el carácter solidario del regionalismo andaluz.

Hallamos otra conferencia sobre los “orígenes históricos del regionalismo andaluz” el 2 de abril de 1976, en la Escuela Universitaria de Estudios Empresariales de Jerez, enmarcada en un ciclo de conferencias sobre el Regionalismo Andaluz. Le presenta Juan Collado Casal y habla del regionalismo decimonónico, del Ideal Andaluz, Blas Infante, las Asambleas de 1918, 1933, del Manifiesto de 1919, entre otros asuntos. En el mismo ciclo, intervienen, días más tarde, Luis Uruñuela, Nicolás Salas y Ortiz de Lanzagorta. Con posterioridad, localizamos otras conferencias en Sevilla en marzo de 1976… Esos son los inicios de una larguísima, prolija y profunda vinculación con el estudio de la vida y obra del líder andalucista. Por ello, no debe extrañar que se contara con él para constituir la Fundación Blas Infante. Un lugar que ocupa hasta su fallecimiento de forma muy activa y constante.

Sus inquietudes y su afán por cambiar la Andalucía en la que se integra le llevan a tener varias experiencias políticas, cortas en el tiempo, pero intensas.

Por un lado, el Presidente andaluz, Rafael Escudero, lo nombra Director General de Patrimonio Cultural con el primer gobierno surgido tras las primeras elecciones andaluzas en mayo de 1982, siendo Consejero de Cultura Rafael Román Guerrero. Durante esos años, lucha por la gestión de la cesión de la gestión de la Alhambra a la recién nacida Junta. «Tenía que demostrar que no sólo teorizaba, sino que actuaba», dice en una entrevista con La Opinión de Málaga, en 2011. Crea el Instituto de Cultura Andaluza, en octubre de 1982, con la finalidad de llevar a cabo “la investigación, estudio y difusión en sus respectivos ámbitos y la articulación en cada uno de ellos de los sectores específicos de trabajo que propongan y desarrollen líneas, temas y métodos sobre los distintos aspectos de la cultura andaluza y su proyección, especialmente en las áreas geográficas con las que Andalucía posee particulares vínculos culturales o históricos”. Abandona el cargo a corto plazo porque “la política era una profesión que ocupaba las 24 horas del día”.

Pero su vinculación con la Política no se queda aquí. En enero de 1977, se celebra una reunión de personas andaluzas independientes y líderes del entonces Partido Socialista de Andalucía: Alejandro Rojas Marcos, Luis Uruñuela y Miguel Angel Arredonda. Además, de Lacomba, como independiente, aparecen Plácido Fernández Viagas, José María Javierre, Alfonso de Cossío, José Ramón Moreno. Todos deciden “promover un llamamiento sobre la necesidad de un bloque unitario de las fuerzas políticas democráticas andaluzas en las próximas elecciones para la defensa de los intereses de Andalucía”.

Finalmente, Lacomba se presenta como candidato a diputados en Cortes por Málaga y por el Partido Andalucista, en las elecciones generales de 1989. El PA obtiene dos diputados, (Rojas Marcos, por Sevilla y Antonio Moreno, por Cádiz) y Juan Antonio consigue casi 27.000 votos en su provincia, quedando por detrás de las candidaturas de tan conocidos diputados como Carlos Sanjuán, Celia Villalobos o Antonio Romero. En la campaña electoral, con motivo del “secuestro de los guiñoles” y la detención de Luis Recuerda, dirigente del PA, en la calle Larios, tenemos un ejemplo del Lacomba herido en su libertad de expresión. La Vanguardia de 18 de octubre de 1989, en su página 20, recoge sus declaraciones con respecto al suceso, en las cuales muestra su “indignación por unos hechos que no hacía ni el franquismo”.

Todo este currículum encuentra un denominador común: su constante inquietud por ser un historiador y docente honesto y excelente profesional, con Andalucía como marco de referencia imprescindible. Lacomba ejerce como andaluz y como investigador histórico. Es el primero, como titula uno de sus artículos, que escribe sobre la Historia de Andalucía y no sobre la Historia en Andalucía. Y, para ello, sienta cátedra desde los años setenta con numerosísimos trabajos sobre un territorio que siente como suyo. Así, ya lo encontramos como ponente del primer Congreso de Historia de Andalucía, miembro fundacional del Seminario de Historia de Andalucía en mayo de 1981 y presidido por Antonio Domínguez Ortiz, coautor de la primera Gran Enciclopedia de Andalucía, en 1979 … Su libro “Aproximación a la historia de Andalucía”, a juicio de Fernando Arcas, representa la primera síntesis de historia andaluza moderna: “El primer libro andaluz de nuestro tiempo se debe a Lacomba”. En total, según la base de datos Dialnet, entre 1963 y 2016 escribe 86 artículos, 32 obras colectivas y 11 libros. Unas cifras a las que hay que añadir, por ejemplo, numerosísimas aportaciones a los Congresos sobre el Andalucismo Histórico de la Fundación Blas Infante.

Innovador en sus clases, buscando, más allá de la lección magistral, el aprendizaje real, significativo entre sus alumnos, de quienes se han publicado algunos testimonios: para el Decano de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Málaga, Eugenio José Luque Domínguez, “fue un vanguardista y un innovador en sus clases, trabajador constante y minucioso que creó escuela, con discípulos por toda España”. Según Luque, Lacomba, recibe la Insignia de Honor de la Facultad en 2009, en reconocimiento a su labor profesional, dedicación, talento y legado, y encarna la figura del ‘Maestro’ en el sentido más noble de la palabra. Según Arcas “Fue el maestro de los historiadores malagueños, a la vez que una persona e intelectual de referencia. Trajo la historiografía europea a la Universidad de Málaga”.

Lacomba se define como andaluz «de voluntad» y no encuentra mejor manera de serlo que trabajando por la sociedad que lo acoge. La frase perfila al personaje: un andaluz nacido en Valencia que rinde el mejor servicio a su tierra elegida: «Como soy mediterráneo, me quedé aquí», afirma. Lacomba, andaluz porque quiso, tiene claro que la única manera de serlo era trabajar. Su hija Beatriz dice que «Si quería ser andaluz, sabía que entre sus deberes estaba conocer su historia”.

Para terminar, un mensaje para los andaluces del futuro pronunciado en el programa televisivo de Canal Sur, “Tesis”:

«Primero: Tomar conciencia de ser andaluz. Que no sólo se sienta andaluz, porque los andaluces siempre se han sentido andaluces. Eso significa que tengan conciencia de que forman parte de una Historia, de una Geografía de una sociedad, de una Cultura. Segundo: Que se educaran. Que aprovechen su paso por la primaria, secundaria o la universidad. Porque eso es lo fundamental para que una sociedad pueda ir hacia adelante. Que ampliaran sus conocimientos al máximo. Y Tercero: que su participación en la vida andaluza fuera pensando en los andaluces. Por decirlo en una frase, que su esfuerzo fuese dirigido al bien de la Comunidad.”

 

Manuel Hijano del Río.

Estamos aquí, un año más, para reafirmarnos en nuestra idea más fértil, en nuestra ilusión más firme, en nuestra utopía más necesaria: la de una Andalucía libre y soberana. Una Andalucía como la pensara, la sintiera y la defendiera Blas Infante, a quien tuvieron que arrancarle la vida, hace ahora 84 años, para intentar borrar su Ideal.

Aquí estamos de nuevo otro 10 de agosto, hermanas y hermanos andaluces, para proclamar a los cuatro vientos que, quienes intentaron acabar con las ideas de Blas Infante, solo lograron acabar con el hombre. Más de ochenta años después de aquella noche trágica, esta persistencia en el recuerdo y la vigencia del pensamiento del Padre de la Patria andaluza deben seguir dando alas a nuestra esperanza.

Nos arrebataron al hombre justamente cuando la causa autonomista andaluza estaba cuajando enun proyecto de estatuto. El fracasado golpe de estado del 18 de julio de 1936 y la guerra que provocó nos dejaron al pueblo andaluz huérfano y con la miel en los labios. Pero no nos hemos rendido en todos estos años. A pesar de que su figura se maltrate en los currículos escolares, a pesar de que en ocasiones se intente descafeinar su pensamiento, tratando de desactivar su indudable carga revolucionaria, a pesar de que se nos arrebatara a un andaluz tan claro, sus ideas revolucionarias y andalucistas nos siguen sosteniendo en nuestro afán de ser y pensarnos como pueblo.

Ochenta y cuatro años después de aquella noche fatídica, el cuerpo de Blas Infante todavía está desaparecido. Como el de tantos andaluces y andaluzas, que también hoy aquí recordamos. Y a quienes tratan de manipular la realidad histórica con el invento de una nueva ley, dicen que de “concordia”, les decimos que la concordia solo tiene un camino y es el de la verdad, la justicia y la reparación. Desde aquí hoy, afirmamos nuestra determinación de seguir con el balcón abierto, como lo expresara otro desaparecido; Federico dejó dicho en un poema titulado significativamente “Despedida”: “Si muero/ dejad el balcón abierto. El niño come naranjas/(desde mi balcón lo veo)/ El segador siega el trigo/ (desde mi balcón lo siento)/ Si muero/ dejad el balcón abierto”.

Abierto está el balcón para que ellos, nuestros desaparecidos, se sigan asomando a la vida y conozcan el devenir de su pueblo y de su casa, Andalucía. Esta casa que, como decía otro gran poeta, en otro poema también de despedida, está pintada, no vacía, del color de las grandes pasiones y desgracias… pero, en esta casa, aún anida la esperanza.

Y desde la esperanza, que se asienta en la memoria y extiende la mirada al futuro, quiero dirigirme en esta ocasión especialmente a vosotras, hermanas andaluzas y andalucistas, como mujer andaluza y como mujer del Sur, el lugar político en el que nos situamos quienes somos, nos sentimos y nos pensamos andalucistas.

El Manifiesto de la Nacionalidad, en enero de 1919, tomando como antecedentes la Constitución de Antequera de 1883, habla en su apartado segundo – “Andalucía, libre”- del deseo de “dignificar a la mujer esclavizada por un bárbaro Derecho que tuvo en Roma su inspiración y que repugna al genio humano y generoso de Andalucía”. Y afirma: “Queremos reconocer (…) la independencia civil y social de la mujer. Toda subordinación que para ella establezcan las leyes quedará derogada desde la mayoría de edad”. Y sigue: “Andalucía llora…llora cuando contempla a sus mujeres jornaleras, implorar en los hogares desolados, guaridas de la miseria y de la muerte, en los tristes días de invierno, y a sus evocaciones no se responde (sino) con el alimento que la prostitución les dona por la mano de señoritos casineros, dueños de la tierra y herederos de los nobles haraganes”.

Años más tarde, en 1931, Blas Infante volverá a referirse a la situación de las mujeres andaluzas. Así define el cuarto dolor de Andalucía: “Dolor de esclavitud familiar. Criterio del gobierno: remitir a un Código Constitucional el problema de la libertad familiar y, mientras tanto, al cabo de cuatro meses de República, solo el matrimonio canónico entre los demás religiosos surte efectos civiles; es indisoluble el matrimonio y la mujer sigue siendo esclava civil del marido”.

Casi 90 años después, podemos preguntarnos, hermanas, si seguimos siendo unode los dolores denuestra Andalucía y también qué nos duele a las mujeres andaluzas. ¿Cómo nos tratan desde los espacios políticos? ¿La igualdad formal, la paridad, los consejos andaluces “de la mujer”, el feminismo institucionalizado… han transformado nuestras vidas, han erradicado la violencia de la que somos objeto…?

Las mujeres, muy especialmente en Andalucía, lo sabemos bien, somos quienes seguimos soportando en gran medida el peso de la pobreza, de tiempo y recursos materiales, el empleo precario e insuficiente, la parquedad de unos servicios sociales que nos atan a la miseria y la dependencia. Esta situación se ve agravada tanto por la invisibilidad que propician las generalidades estadísticas como por la insistencia en reducirnos al papel de víctimas. Somos andaluzas, mujeres del sur, minusvaloradas y hasta despreciadas por nuestra manera de expresarnos, de entender la vida, de relacionarnos. Expuestas a la violencia institucional y a la violencia machista, a la violencia del patriarcado y la de del capitalismo extractivista, a nosotras no nos han salvado ni los pactos de estado, ni las leyes de igualdad más o menos bienintencionadas, ni los planes y programas de vida efímera, marcado todo ello, las más de las veces, por el signo de la impostura y el cinismo político. Seguimos estando afectadas las andaluzas por brutales discriminaciones y desigualdades estructurales. Somos las colonizadas, las subalternas, las dependientes, a las que se nos asignan migajas presupuestarias e ingresos mínimos que no nos alcanzan para vivir, mientras nos intentan adormecer con discursos y políticas paternalistas y falsamente protectoras. La cruel realidad es que pobres, muertas y explotadas resultamos ser más útiles al poder que vivas y soberanas de nuestras vidas.

Sin embargo, muchas mujeres andaluzas hemos empezado a decir basta. Basta de la colonización que sufrimos como pueblo, que borra nuestra conciencia y degrada nuestra identidad. Basta de considerarnos usuarias sumisas de las ayudas institucionales, que no nos sacan de pobresni a nosotras ni a nuestras familias. Basta de violencia machista, de violencia económica, de violencia institucional. De todas las violencias. Basta: no queremos seguir siendo consideradas víctimas, usuarias y precarias.

Necesitamos articular desde Andalucía, un movimiento colectivo de rebeldía soberanista, que nos permita enfrentar todas las colonizaciones, todos los privilegios patriarcales, racistas, capitalistas y heteronormativos que nada tienen que ver con los valores de nuestra cultura andaluza. Y, desde Andalucía, proyectar ese movimiento solidario, fuerza y motor contra el orden patriarcal que impera en cualquier punto del mundo.

Para ello tenemos dos potentes herramientas a nuestro alcance: la memoria de nuestras antepasadas y el feminismo andaluz.

Nuestras madres y abuelas sufrieron la represión política y se las estigmatizó con nombres infamantes. Las llamaron rojas e individuas de dudosa moral porque se atrevieron a soñar y a reclamar un mundo mejor y diferente; y pagaron un alto precio por ello. ¡Qué caro resulta soñar! ¡Y qué necesario!

Algunas fueron a parar a fosas comunes de mujeres, solo de mujeres, una trágica singularidad de la represión en Andalucía. Otras sufrieron el destierro o fueron reducidas al silencio en el largo exilio interior. Y callaron. Pero no olvidaron.

Cómo no recordar hoy a Angustias García Parias, la esposa de Blas Infante, peregrinando por los despachos en busca de noticias y piedad, cuidando de sus criaturas, agobiada por las sanciones económicas y por el estigma de ser mujer de un fusilado. Cómo no recordar a Luisa Infante, que recosió la bandera verdiblanca para que pudiera ondear de nuevo en el aire esperanzado de 1977. Cómo no pensar en la niña M.ª Ángeles, que nunca quiso celebrar su santo, porque ese día le arrebataron a su padre. Cómo olvidar a las hermanas García Caparrós, fieles guardianas de la memoria de su hermano, y a tantas y tantas madres, hermanas, esposas, hijas de represaliados, desaparecidos, fusilados, encarcelados: muertas en vida, castigadas, violentadas, sometidas al expolio y maltratadas por la miseria moral de los vencedores. Y aún así, nunca se rindieron, nunca cejaron en su empeño de contar lo que pasó, de buscar a sus seres queridos, de reclamar verdad, justicia y reparación. Su silencio resistente, sus recuerdos familiares y personales, amorosamente guardados, alimentan hoy nuestra memoria y nuestra rebeldía. Sus relatos nosofrecen un espejo luminoso en el que mirarnos para conocernos y reconocernos.

Junto a la memoria militante, la otra herramienta que nos ayudará a articular ese necesario movimiento de rebeldía soberanista es el feminismo andaluz, con el que avanzar en la tarea de construirnos como sujetas políticas, soberanas de nuestros cuerpos, la más radical de las soberanías, pero también de nuestro tiempo, de nuestros deseos y aspiraciones, con capacidad para decidir de forma individual y colectiva cómo pensarnos.

Cuando hablo de feminismo andaluz, no me refiero con ello ni a un feminismo en abstracto, intelectual y descarnado ni, por supuesto, al feminismo adormidera, de retórica y porcentaje, que reproduce y construye espacios excluyentes desde los que no se puede configurar sino una identidad excluida, en la que la paridad se instrumentaliza para colonizarnos políticamente.

Porque nuestra situación como mujeres andaluzas es cuantitativa y cualitativamente diferente, necesitamos un instrumento para combatir nuestros dolores, que esté a la altura de nuestras ansias y nuestra necesidad de transformación, un feminismo andaluz, donde lo andaluz no sea un añadido, un matiz, sino la materia primigenia con la que conformar esa poderosa arma transformadora.

Nos urge, para empezar a caminar, reapropiarnos de ese espacio político que es el sur andaluz y subalternizado, transformándolo en un espacio desde el que impugnar el poder, desde el que desafiarlo para romper las cadenas de la colonización, la subalternidad, la dependencia y la alienación. En ese proceso de impugnación de un poder patriarcal y capitalista, las mujeres andaluzas nos iremos construyendo como sujetas políticas soberanas, en tanto que participamos en la articulación soberana de nuestro pueblo.

En el feminismo andaluz necesitamos conjugar una mirada hacia adentro, hacia nosotras mismas, con la mirada hacia afuera, hacia los márgenes del neoliberalismo mundial, donde se sitúan los feminismos de las excluidas: los feminismos negros, los feminismos árabes, de los países hermanos de América Latina, que están ensanchando las estrechas costuras del feminismo blanco, eurocéntrico y burgués. Necesitamos construir un pensamiento feminista centrado en Andalucía y que, desde Andalucía, se proyecte a otros pueblos y se hermane con ellos. Porque somos andaluzas, pero también somos negras, gitanas, árabes, castellanas y judías, hijas de exiliadas y transterradas, migrantas de procedencias lejanas y cercanas; por eso, queremos que nuestro feminismo andaluz sea inclusivo, abierto, ancho y sin fronteras.

El feminismo andaluz puede y debe anclarse en nuestra tradición cultural, la que nos hace considerarnos hermanas, la que mima la convivencia en los patios de vecindad, la que esgrime la alegría ante la incertidumbre de lo cotidiano, la que ofrece generosa hospitalidad a pesar de la escasez, la que nos lleva a organizarnos en redes de cuidados y ayuda mutua para hacer frente a las crisis de este capitalismo
depredador y asesino, la que nos empuja al abrazo empático. Aunque ya hace algún tiempo que venimos haciéndolo, hay que insistir en mantener y resignificar esta cultura de las relaciones humanas, que tejen las mujeres andaluzas infatigablemente, como milenarias penélopes, porque en ella hay elementos de resistencia frente a la alienación y la subalternidad que nos debilita como pueblo.

Necesitamos, entre todas y todos, reconstruir y consolidar en Andalucía los movimientos sociales por abajo, haciendo que el feminismo andaluz los atraviese y los enriquezca. Porque no es posible la transformación nacional sin la transformación social y esa es la que estamos encabezando nosotras, aquí y ahora. Y a nuestros compañeros andaluces les decimos que no se puede aspirar a la liberación de un pueblo mientras se mantiene a sus mujeres sometidas, calladas y empobrecidas.

Así, con el espejo de nuestras antepasadas en una mano y el feminismo andaluz en la otra, el movimiento de rebeldía soberanistaha de desembocar en la tarea más ilusionante y transformadora: la construcción de la matria andaluza. “Cada vez que dicen patria, pienso en el pueblo y me pongo a temblar”, dice Carlos Cano en el Tango de las madres locas. Y es que, hermanas, la patria ha utilizado históricamente la figura de la mujer-madre para la elaboración simbólica de la madre patria, ambas caracterizadas con los atributos de la sumisión, la entrega y la renuncia. Así se ha construido un modelo de patria masculinizado y excluyente, enraizado en el patriarcado, que usa a la mujer simbólica mientras excluye y sacrifica a las mujeres de carne y hueso.

Para construir nuestra matria, las mujeres necesitamos arrebatar al estado nación el espacio de dominación que son nuestros cuerpos, el lugar donde el poder se hace carne. Necesitamos alcanzar la soberanía y la capacidad de decidir sobre nosotras mismas. Pero también debemos transformar nuestro ámbito de pueblo-nación, desarmando las relaciones de poder jerarquizadas a la vez que construimos un espacio de relaciones nuevo, no excluyente, no jerarquizado, no androcéntrico ni masculinizado. Una matria andaluza en la que sus hijos e hijas habiten en paz, con un modelo de economía que esté al servicio de la vida; un ámbito de relaciones heterogéneo y diverso, inclusivo y liberador, tanto de los colonialismos, como de las jerarquías internas. Una matria en la que se integre lo diferente y lo diverso no se niegue, en la que tengamos conciencia de nuestra realidad de pueblo colonizado, sí, pero sin obviarlos diferentes modos en que se ejerce la colonización, las diferentes formas en que nos afecta a hombres y mujeres y los diferentes papeles que jugamos en el proceso colonizador.

Hermanas andaluzas, hermanos andaluces, las mujeres que nos sentimos y nos pensamos andaluzas y andalucistas os llamamos a compartir nuestro sueño, a imaginar y construir nuestra matria como una Dar al-Farah, como una renovada Casa de la Alegría, donde las mujeres seamos libres, vivas, soberanas y en pie, como pensamos y queremos a Andalucía.

¡Viva Andalucía Libre!

Pura Sánchez.

Hermanas y hermanos andaluces:

Aquí, tal día como hoy, asesinaron a Blas Infante. Y aquí, cada 10 de agosto, volvemos para que nadie olvide esta infamia y para que nadie se atreva a repetirla y volver a matar nuestro futuro. Lo hacemos en un acto libre, sobrio, abierto, plural y ciudadano, organizado por la Fundación que lleva su nombre y custodia su legado, sin más protocolo que el silencio y el respeto. Porque en esta misma tierra y bajo este mismo cielo, no sólo mataron a Blas Infante, por encima de todo, un hombre bueno que aspiraba a liberar al pueblo andaluz como liberaba a los pájaros de sus jaulas. También asesinaron al que fuera alcalde de Sevilla, José González Fernández de La Bandera; al diputado socialista, Manuel Barrios; al masón Fermín Zayas; y al teniente alcalde del Ayuntamiento de Sevilla y militante de Unión Republicana, Emilio Barbero Núñez. Todos arrojados a una fosa común pero no al olvido. Cada vez que los nombramos, viven y cobra más fuerza el grito con el que Blas Infante apostilló rebelde cada uno de los disparos que causaron su muerte: ¡Viva Andalucía Libre!

Cierren los ojos e imaginen por un momento que han asesinado a vuestro padre, a vuestro hijo, a vuestro compañero de vida. Ese dolor que os retuerce el espinazo fue el que sintieron las mujeres que rodearon a Blas Infante desde el día en que fueron a llevarle café y sandía al Cine Jáuregui donde lo tenían preso, y le devolvieron dos colchas, un termo, un reloj, una pluma y una alianza. Fueron ellas su verdadera infantería. Las que conservaron su memoria en su ausencia. Las que cuidaron durante la dictadura la Casa de la Alegría, el escudo de la puerta, la arbonaida en el arcón, los libros y los discos en sus estanterías, sus manuscritos en los cajones… Sin ellas, no brillaría con tanta luz el recuerdo de Blas Infante como no brilla la noche sin las estrellas. Ellas fueron su mujer, Angustias; su madre, Ginesa; y sus hijas Luisa, María de los Ángeles y Alegría. Blas Infante tenía a su madre Ginesa en un altar. A ella le dedicó una habitación en Dar al Farah con inscripciones aljamiadas que decían: “Vivirá en sus nietos la abuela Ginesa. ¡Noble señora Ginesa! Reina Ginesita”. Convencido de que la memoria se trasmite por el cordón umbilical de los cuidados de las madres.

A su viuda, Angustias García Parias, se le llenó el cuerpo de manchas negras como si la piel tomara el color del alma y del luto que llevaba puesto. Perdió tanto peso que aprovechó cada vestido para hacer otro a las niñas. Y se arruinó con tal de no desprenderse de la Casa de la Alegría, a la que siempre consideró la tumba que negaron a su marido. Sembró un jardín de lilas, violetas y pensamientos por dónde lo sacaron para que nadie volviera a profanar sus últimos pasos. Como tantas madres en la posguerra, dio de comer a sus hijos tortillas sin huevo con polvos teñidos de amarillo. Y aunque repitió a su marido cien veces “¿Quieres dejar a Andalucía que no te va a traer más que una tragedia?” fue gracias a ella que conservamos la misma bandera que presidió la manifestación del 4 de diciembre de 1977, y el escudo de la puerta, sin coronas ni laureles. Por respeto a quienes se jugaron la vida cuidando los símbolos de Andalucía, desde la Fundación Blas Infante exigimos que dejen de jugar con ellos.

Blas Infante fue un buen padre. Para que su hijo y sus niñas aprendieran a escribir, les dictaba que “La amapola es la flor más roja del campo”; les regalaba un caballo de madera para explicarle el mito del caballo de Troya; les recitaba cantando la “Luna Lunera”; o les narraba las aventuras del Quijote en los azulejos de la casa. Luisa, la mayor, continuó la tarea de su madre al quedarse en vivir en Dar al Farah cuando ella falleció. La más chica, Alegría, no tuvo tiempo de llamarlo padre. Y María de los Ángeles, jamás celebró su santo porque fue en ese día cuando lo arrancaron de sus brazos para siempre. Ella también perdió a su marido y a su hija, pero jamás el empeño en defender la memoria eterna de su padre, presidiendo la Fundación y este acto durante más de 30 años.

No podemos honrar la memoria de Blas Infante sin honrar la de su madre, esposa e hija que custodiaron la suya. Como no podemos hablar de andalucismo sin recordar que fuimos pioneros en la reivindicación de la libertad civil y el reconocimiento de los derechos de las mujeres, desde la Constitución de Antequera de 1883 hasta el programa de la Candidatura Republicana Revolucionaria Federalista Andaluza, para las Cortes Constituyentes de 1931. Andalucía tiene nombre de mujer. Y quizá porque sea nuestra Matria, padece la misma discriminación estructural que todavía sufren las mujeres en pleno siglo XXI. En unas circunstancias tan duras como la que estamos soportando, son las mujeres y Andalucía las que protagonizan los peores índices de paro y de pobreza. Sin duda, porque sus males son los mismos. Porque su lucha, es la misma.

Que cada uno de estos ramos de flores que depositamos a los pies del monumento a Blas Infante, recuerden también a las mujeres de su vida y a todas las mujeres que mantuvieron viva la memoria del pueblo andaluz.

¡Viva Andalucía Libre!

Antonio Manuel, Patrono de la Fundación Blas Infante.

Hace 87 años, entre los días 29 y 31 de enero de 1933, en Córdoba, 300 representantes de lo que hoy denominaríamos “sociedad civil” andaluza se reunieron para debatir y aprobar un proyecto de bases de un Estatuto de Autonomía. Allí se dieron cita desde alcaldes y concejales, hasta miembros de las diputaciones, de la Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla, del Colegio de Peritos Agrónomos de Córdoba, de la Cámara de Comercio de Jaén, de los ateneos, Diputados a Cortes, de partidos políticos o de la Juntas Liberalistas… Junto a ellos, como principal promotor del intento, estaba Blas Infante. Fue y es un acontecimiento olvidado, que incluso no se menciona en el Preámbulo de nuestro Estatuto de 2007 y, sin embargo, se considera hoy día uno de los más destacados. Nunca tantas personas, procedentes de toda Andalucía y de amplios sectores de la población -no solo del ámbito político- se habían reunido hasta ese momento para tratar este asunto. La cita fue en el Círculo de la Amistad de la ciudad de la Mezquita.

Esta imagen, descargada de la web de Centro de Estudios Andaluces, es un documento inédito. Se trata de la “tarjeta de identidad” repartida para ese encuentro. Este caso concreto, está autorizada para Faustino Garrido Blanco, redactor y enviado a Córdoba por El Correo de Andalucía y firmada por Hermenegildo Casas, Presidente de la Diputación de Sevilla y de la Comisión Organizadora de la Asamblea. Como podemos observar, el texto denota un cierto orden para controlar no solo el acceso, sino la posibilidad de votar en el momento de adoptar acuerdos. En el carnet, aparece estampado el año 1932. Esto se explica porque tras desconvocar un primer intento, previsto para esa fecha, por diversos problemas, tales como la indefinición a la hora de apoyar el intento autonomista de los diputados a Cortes, se realizó la de finales de enero, tal y como es puede contemplar en el sello superpuesto a la fecha impresa. En la tarjeta aparecen ondeando, encima, la bandera española republicana, sobre la blanca y verde. 

El texto aprobado en esta Asamblea, tras la parálisis sufrida por casi tres años de gobierno de las derechas de la CEDA, fue retomado en la Asamblea de julio de 1936 en Sevilla. El golpe de Estado del 18 de julio y el fusilamiento de Blas Infante en la noche del 10 al 11 de agosto de ese año impidieron, como es bien sabido, la continuación del proceso autonómico andaluz.

Manuel Hijano del Río, Profesor de la Universidad de Málaga.

 

La Fundación Blas Infante se constituyó como primera Fundación de ámbito andaluz el día 21 de enero de 1983, siendo inscrita en la Sección 1a del Registro de Fundaciones Privadas de carácter cultural con el número 1, por acta otorgada ante el Notario Rafael Leña Fernández, bajo el no 174 de su protocolo, representando María de los Ángeles Infante García a la familia de Blas Infante. Justo tres meses después, el 14 de abril, el Parlamento de Andalucía aprobó una proposición no de ley, por la que se incorporó al preámbulo del Estatuto de Autonomía la nominación a Blas Infante como “Padre de la Patria Andaluza”. Ambos hechos supusieron el reconocimiento oficial e institucional, del líder andaluz. Con anterioridad, discurrió un sexenio intenso, emotivo, radical, jalonado por un buen número de momentos en los que Andalucía marcó con nitidez su voluntad de autogobierno. Uno de esos hitos es el que conmemoramos hoy: el 4 de diciembre de 1977.

La revisión de lo sucedido tanto durante los meses anteriores de esa fecha, como los días posteriores, a través de los medios escritos, demuestra cómo la vida y obra de Blas Infante sirvieron de acicate, apoyo y reivindicación de esas demandas autonomistas. Infante se convirtió en ejemplo de vida e ideológico. Los andaluces descubrieron que las solicitudes de mayor autogobierno tenían unos precedentes intencionalmente ocultados durante la dictadura franquista. No eran algo nuevo. Además, fue una lucha por la autonomía cercenada por la inmensa injusticia del asesinato de Infante en el 36. En definitiva, en ese 4 de diciembre del 77, se empezó a construir una Historia desde Andalucía que justificaba un Estatuto de Autonomía. Veamos solo algunos datos que confirman este planteamiento:

Los meses previos a la manifestación del 4D, Blas Infante ya era parte fundamental de la campaña para concienciar a los andaluces de la importancia del momento histórico vivido y de cara al éxito de la convocatoria. Por ejemplo, la admisión de la bandera verde y blanca como la enseña de Andalucía se hace con el argumento histórico de ser la “bandera de Blas Infante”. Y ello tuvo como consecuencia que un símbolo que aún no había alcanzado el rango “oficial” de “bandera de Andalucía” fuera aceptada incluso de forma “alegal”, por algunos ayuntamientos y diputaciones para ser izadas junto a la española en sus balcones. También en la prensa de esas semanas previas, aparecieron numerosos artículos y “especiales” donde se relataban los hechos más relevantes del que después se llamó “andalucismo histórico”: el origen y explicación de los símbolos andaluces, la vida de Blas Infante, o estudios sobre el contenido de sus ideas… Ensayos y estudios realizados por historiadores, literatos, periodistas, … de diversa procedencia. Igualmente, se reseñaban ampliamente la publicación o presentación de obras sobre el andalucista. Un amplio elenco de intelectuales re-construyó una identidad andaluza ocultada y/o manipulada durante muchos años.

Por otro lado, se homenajearon en las páginas de los diarios andaluces a correligionarios de Blas Infante como Alfonso Lasso de la Vega, Juan Carretero, Ochoa Vila, Chico Ganga, Isidoro de las Cagigas, Alejandro Guichot, Hermenegildo Casas, Antonio Ariza, Leal Calderi, … e incluso, probablemente, las prisas y la escasez de documentación histórica fiable, influyeron para incluir nombres que con posterioridad se ha descubierto no tuvieron nada que ver con el andalucismo. Además, los diarios andaluces recordaron especialmente a José María Osuna, de quien se escribió en esos días: “quizá hoy nadie se acuerde de este hombre que tanto hubiera gobernado en este 4 de diciembre. Él sufrió los avatares políticos de la II República, sufrió persecución de las izquierdas y las derechas, conoció a Blas Infante, se sintió identificado con su Ideal” (ABC 3 de diciembre de 1977, p.11).

Blas Infante estuvo en la mente de todos los convocantes del 4D. Así, la familia del Padre de la patria andaluza, como gesto simbólico, y sin duda el más conocido, tuvo a bien prestar la bandera andaluza ocultada en la casa de Coria durante los años del franquismo para que encabezara la manifestación en Sevilla. La familia para ello, publicó el siguiente comunicado en la prensa: “Ante la importancia histórica de la manifestación por la autonomía para Andalucía del próximo dıía 4 de diciembre, la familia de Blas Infante quiso sumarse al pueblo andaluz, ofreciendo la bandera que él utilizara en los actos públicos y que será entregada a Alejandro Rojas Marcos, con encargo de hacerla llegar al grupo de niños que la llevarı́a a la cabeza de la manifestación. Escogimos la persona de Alejandro Rojas Marcos por ser miembro de la secretaría general del Partido Socialista de Andalucía, partido de obediencia andaluza, y por haber sido el portavoz de este partido en el primer mitin polı́tico en que se utilizó la bandera de Andalucı́a. Sin embargo, el PSA nos ha rogado que utilicemos otra vı́a, ante la actitud de los restantes partidos de no permitir la presencia de la bandera de Blas Infante, si esta llegaba a los niños a través del PSA. En consecuencia, la familia de Blas Infante, aunque no comprende esta actitud, pero aceptando la sugerencia del PSA, ha decidido que la bandera sea entregada directamente por nosotros mismos a los niños en el preciso momento de iniciarse la manifestación”. (ABC, 3 de diciembre de 1977, p. 10)

El ofrecimiento de la familia Infante fue aceptado por la Comisión Técnica sevillana pro día de Andalucía el 17 de noviembre. De esta bandera se escribió días después: “Viejos anuarios y cómodas familiares la ocultaron en los años de oscuridad, y en sus pliegues ya raı́dos está simbolizada la conciencia andalucista de la ciudad” (ABC, 3 de diciembre, p. 9).

Según el relato de la manifestación en Sevilla del diario ABC de esos días, la enseña fue portada por los niños y niñas Alberto Manuel Ruiz Campos, Clara Patricia Ruiz Campos, Francisco José de Jesús Pareja, Nicolás de Jesús Pareja, Fernando Burgos Herce, Antonio José Villadiego, Helenio Villadiego, Agustín Rodríguez, Enrique Soria, María Dolores Sánchez Candón, Amalia Sánchez Candón, Moisés Repiso, Antonio Curado, Jesús Luque, David Hurtado y Wenceslao Naranjo Infante (ABC, 6 de diciembre de 1977, p. 12). Ellos eran los hijos de, según María Infante, “los hombres que han trabajado siempre, y no solo ahora, por Andalucía, y que lo hicieron cuando escribir o hablar de nuestra tierra o de Blas Infante podía acarrearles hasta disgustos” (ABC, 30 de noviembre de 1977, p. 11).

Según esa misma fuente, al inicio de la manifestación, estos niños se agruparon entorno a la hija de Blas Infante, María Infante, quien llevaba la enseña en una bolsade terciopelo con cordones blancos. La hija de líder andaluz les dijo: “Vamos a llevar un tesoro”. La escena la contemplaron miembros de la Junta Liberalista, -Emilio Lemos Ortega, Juan Álvarez Ossorio y Barrau y José Rodríguez Escobar-, quienes portaban “imágenes” de Blas Infante en la solapa: “los niños recibieron la bandera (…) con seriedad e ilusión”.

El acto culminó con la colocación de esa bandera en el balcón del Ayuntamiento de Sevilla. Gesto que fue acogido con “un estruendoso clamor de los manifestantes” (ABC, 6 de diciembre de 1977, p. 15). Los articulistas del momento, identificaron a Blas Infante como el revulsivo del andalucismo vivido en esas semanas. Mostremos tan solo un ejemplo: “Este Día de Andalucía ha hecho que el regionalismo avance en una semana más que en diez años. Nadie niega ya la adopción común y espontánea de nuestros símbolos regionales. Se oye hablar de Blas Infante como padre de la patria andaluza que fue”. (ABC, 6 de diciembre de 1977, p. 15). En otras localidades andaluzas, como Marbella, Blas Infante fue objeto de recuerdo y homenaje ese día usando otros medios. En este caso, al término de la manifestación, desde el balcón del Ayuntamiento, se leyó un manifiesto donde se constató el reconocimiento a la lucha del político andalucista. En Málaga capital, el PSOE, el 28 de noviembre, propuso que un nieto de Blas Infante encabezara la manifestación …

Estas son unas breves anotaciones de lo que para la Andalucía de finales de 1977 supuso el descubrimiento de la vida y obra de Blas Infante. La familia del político andaluz -germen en esos días de la futura Fundación- fue el principal foco de difusión y defensa de sus ideas. Una actividad aún no estudiada en profundidad y que sirvió de estímulo, tal y como hemos pretendido demostrar, para que esa manifestación popular fuera multitudinaria, y fiel reflejo del deseo de autogobierno de los andaluces.

Manuel Hijano del Río, Profesor de la Universidad de Málaga.

 

Hace exactamente 25 años, en un acto como el que aquí nos reúne, en el aniversario (entonces el 58) del asesinato de Blas Infante, un andalucista gigante, un artista genial que llevó a Andalucía y su cultura a todos los confines del planeta, Salvador Távora, que nos ha dejado hace unos meses aunque nunca morirá en nuestros corazones ni en el alma de nuestro pueblo mientras sean representadas sus obras, comenzó su intervención con un bellísimo poema que yo le tomo prestado –seguro que a él no le importa sino todo lo contrario, ¿verdad Salvador?- para que sean las suyas mis primeras palabras:

Arañaron tu puerta en Coria hasta arrastrarte al verde oscuro de una cuneta andaluza. Te negaron el agua hasta las monjas a las que llegaste arrastrando con un tiro en el pecho. No te remataron por temor a que la sangre de tu sien sembrara el huerto de espigas verdes y rojas amapolas de las que cubren las caras de los muertos. Me lo contaron ayer los dos cabreros que presenciaron escondidos tu tormento. Te asesinaron antes que a Companys, tu amigo catalán, al que llevabas libros y comidas cuando encerrado estaba en el Penal del Puerto. Te debemos la historia y la bandera a ti, Blas Infante de los siglos. Te debemos la sed que despertaste en nuestros viejos corazones dormidos. Y te debemos el futuro que se abre si no remachan tu sien con otro tiro. Y te tendremos en pie, aunque estés muerto, a ti, Blas Infante de los siglos.

Salvador tituló su intervención “Blas Infante, compromiso y símbolo para la unidad” porque aseguraba que el punto de referencia del abrazo solidario que debemos darnos los andaluces –y yo agregaría que, sobre todo, quienes nos sentimos andalucistas y pretendemos pensar y vivir como tales- no puede ser otro que Blas Infante. Un Infante al que Salvador llamaba a “rescatar del manejo inmovilista que hacen de su obra, de su vida y de su muerte aquellos que quieren enterrarlo entre banderas de seda, aunque sean verdes y blancas”.

Es ese Blas Infante, ocultado al pueblo andaluz, silenciado en la gran mayoría de las aulas de nuestros colegios, institutos y universidades, aunque su nombre figure en el rótulo de algunas calles, parques o estaciones de metro, el que nosotros tenemos la obligación de desenterrar. No basta, aunque ello sea sin duda necesario, con rescatar sus restos de la fosa común de Pico Rejas o de allí donde estén. Hay que rescatar, sobre todo y por encima de todo, su pensamiento político, su ser de andalucista revolucionario. Resulta enormemente significativo que en la sentencia que un denominado Tribunal de Responsabilidades Políticas dictó contra él, casi cuatro años después de que le fuera aplicado el “Bando de Guerra”, se justificara su muerte por su doble condición de “revolucionario” y de “propagandista del andalucismo político”. Aunque la sentencia fuera inicua, estos calificativos definen perfectamente la vida y la obra de Blas Infante. Porque, ¿podía haber algo más revolucionario y radicalmente andalucista, en su tiempo, que considerar como el Ideal Andaluz “más inmediato y central” el de “la tierra para el jornalero andaluz”, como ya señaló desde su primera aparición pública en 1914, y propugnar una Andalucía Libre, redimida por el esfuerzo de los propios andaluces?

Infante insistía en que había que liberar a Andalucía de los ocho grandes “dolores”, de las ocho grandes lacras que consumían sus energías y le impedían la libertad. ¿Cuáles eran estas? En sus propias palabras: el dolor de los pueblos de España “uncidos en piara por el interés patrimonial de los reyes”; el dolor de la servidumbre caciquil imperante en partidos políticos y elecciones; el dolor de la esclavitud de pensamiento; el dolor de la esclavitud económica de los trabajadores, especialmente de los jornaleros agrícolas; el dolor de la ausencia de justicia para el pueblo; el dolor de la servidumbre cultural; el dolor de la esclavitud familiar y de la discriminación de las mujeres; y el dolor de la esclavitud de conciencia.

Para estos ocho dolores o problemas estructurales (políticos, económicos, sociales e ideológicos), Infante propugnó soluciones para cuya difusión desarrolló una actividad constante: una estructura confederal, construida en base a la libre voluntad de los pueblos-naciones de Iberia (Andalucía uno de ellos); la transformación profunda de los partidos, que él llamaba “organizaciones electoreras que atentan contra la soberanía del pueblo”; la garantía de las libertades públicas sin restricciones; la abolición del trabajo como mercancía, la Reforma Agraria y la intervención de las organizaciones obreras en los consejos de administración de las empresas; una justicia enteramente civil, gratuita y arbitral, con magistrados de distrito y una rectificación urgente del sistema penitenciario; una enseñanza gratuita, laica y no burocrática en todos los niveles; la plena igualdad de derechos de las mujeres y la libre constitución y disolución del contrato matrimonial, con reconocimiento de todas las uniones de hecho; y el fin del “monopolio pseudorreligioso alcanzado por la acción política de la Iglesia de Roma”, mediante medidas que garantizaran el respeto absoluto para todas las
religiones y la preservación por parte del estado de los valores artísticos y culturales de los bienes de todas ellas.

Con un programa de esas características, unido a una crítica radical a quienes hacen de la política una profesión en beneficio de su bolsillo, de su vanidad o de ambas cosas, y a una fuerte defensa de la cultura de la paz y de la pedagogía como única arma para convencer, no es extraño, ni anómalo, que Blas Infante fuera considerado un revolucionario andalucista peligroso. Él se enfrentó no solo al régimen político -¡qué tristeza en sus palabras cuando hubo de denunciar que “el hambre es más amarga siendo republicana que monárquica, porque además de ser hambre de pan es hambre de esperanzas defraudadas por la República!- sino también, y sobre todo, osó cuestionar el “orden” económico-social imperante y poner al descubierto las causas de la alienación cultural que sufría Andalucía, resultado de su situación colonial, que impedía –como sigue hoy impidiendo- a la mayoría de los andaluces ver los mecanismos ocultos de la opresión.

Por esto, aunque puedan desenterrarse los restos materiales de don Blas –y esperemos que no tengan que transcurrir otros más de ochenta años para que ello se haga realidad, al igual que la exhumación de la totalidad de las decenas de miles de cuerpos de andaluces represaliados tanto en los días del golpe militar-fascista y los años de la mal llamada guerra civil como en los, más crueles aún, años del franquismo-, Blas Infante seguirá enterrado en tanto no desenterremos y difundamos su pensamiento y su acción cultural y política, entendiéndolos no solo como parte irrenunciable de nuestra historia como Pueblo –que lo es- sino, sobre todo, como instrumentos para orientar nuestra acción hoy.

Es por desconocimiento de Blas Infante, por no haberlo leído o ni siquiera conocer su existencia, por lo que aún resulta necesario en nuestros días seguir demostrando, como él hizo, que Andalucía no es Castilla, ni es Europa sin más. Que tenemos una cultura propia resultado de un proceso histórico peculiar al menos en los últimos 2.500 años. Que esa cultura es, a la vez, mestiza y original, como un río caudaloso con varias fuentes que lo hacen caudaloso: la fuente andalusí, que recogió las herencias tartéssica, de la Bética romana y de Bizancio, la castellano-europea, la judía, la negroafricana y la gitana.

¿Es que han sido superados los ocho “dolores” que señalaba, denunciándolos, Blas Infante? ¿Es que se han puesto en práctica en algún momento las soluciones políticas y jurídicas que él planteó como remedios para esos dolores? Rotundamente no, aunque quienes él llamaría “profesionales de la política” incluso se hayan atrevido, hace unos años, a poner en el preámbulo del vigente estatuto de autonomía, junto al reconocimiento formal a su figura –lo que está bien-, la mentira de que la Andalucía actual está muy cerca de aquella por la que él luchó y murió. ¡Qué barbaridad, cuando Andalucía continúa sumida hoy en la dependencia económica, la subordinación política y la alienación cultural y cuando todos los indicadores señalan que se acentúa la divergencia, que no la convergencia, respecto a otros países y comunidades del estado y respecto a la media europea! Parafraseando a Infante, podríamos decir que la situación de Andalucía hoy es más amarga de lo que era bajo la dictadura porque a los dolores que persisten, y que no han sido resueltos, se añade también el dolor de que ello ocurre en democracia y con autonomía (aunque con qué baja intensidad democrática y con qué insuficiente nivel de autonomía).

Hace exactamente cien años, en el Manifiesto Andalucista de Córdoba del 1 de enero y en la Asamblea de marzo, también en Córdoba, Blas infante lanzó un llamamiento para la lucha por una Andalucía Libre, una Andalucía con voluntad de ser y de vivir por sí. Él repetía que somos un Pueblo, una nacionalidad no solo porque tenemos identidad histórica, identidad cultural e identidad política nacional sino también, y sobre todo, porque “una común necesidad invita a todos sus hijos a luchar juntos por una común redención”. Es ineludible preguntarnos si está o no vigente esa necesidad hoy, un siglo después, aquí y ahora. Yo afirmo que sí y no me cabe duda de que, a pesar de las toneladas de anestesia que nos inyectan a diario, por múltiples y poderosos medios, somos muchos las andaluzas y andaluces que así lo creemos aunque ello no se traduzca en las urnas electorales, que es el referente que consideran algunos, erróneamente, como único válido para detectar los sentimientos y el nivel de conciencia.

Si viviera Blas Infante, estoy seguro que volvería a emplazarnos para que nos volquemos en la tarea de despertar a nuestro Pueblo, de desvelarle con firmeza y paciencia las trampas con las que pretenden seguirlo cloroformizando para restringirlo a una vida vegetativa de autoconformismo y de miedo a que todo pueda ir aún peor. Algunos quieren que creamos que el pensamiento político de Blas Infante es algo que pertenece al pasado, solo susceptible de estudios académicos o de recuerdos nostálgicos. Se equivocan o tienen como objetivo que nos equivoquemos. Dicen, por ejemplo, que él definía socialmente a Andalucía como un país y un Pueblo de jornaleros y eso es ya cosa del pasado porque hoy quedan pocos jornaleros agrícolas. Dicen que los planteamientos de Blas Infante quizá hubieran podido tener validez en un tiempo pasado pero no en el nuestro, porque todo ha cambiado. Es que no saben analizar más allá de las apariencias o es que pretenden engañarnos. Para seguir con el mismo ejemplo, es cierto que hoy el número de jornaleros agrícolas es pequeño respecto a cien años atrás, pero paradójicamente la gran mayoría de los andaluces han sido hoy jornalerizados: jornaleros de la construcción, jornaler@s de la hostelería, jornaler@s de la enseñanza… todos ellos precarios, con condiciones de trabajo y salarios, y soportando prácticas abusivas, que son muy equivalentes, estructuralmente, a las de los jornaleros del campo de aquellos tiempos. Lejos de desaparecer, la situación jornalera se ha generalizado, aunque esto no lo vean ni los propios sindicatos porque el relato que nos repiten desde los ámbitos de poder económico, social y político lo oculta.

Algunos dicen que se ha cumplido la aspiración central de Blas Infante porque Andalucía tiene ya autonomía. O no han leído jamás a Infante o mienten a sabiendas. La autonomía, como en su tiempo el cambio de régimen de monarquía a república o hace cuarenta años del franquismo a la restauración monárquica, tienen valor real cuando las nuevas situaciones, los nuevos regímenes, poseen capacidades y las utilizan para acometer las transformaciones necesarias con el objetivo de alcanzar los ideales (los objetivos políticos). Hoy, la concentración de la tierra y, en general, de los medios de producción económicos y financieros, es aún mayor que hace un siglo. Nuestra economía sigue siendo extractivista, al servicio de demandas e intereses exteriores a nosotros. La emigración continúa por más que antes quienes emigraban eran fueran en su mayor parte gente con poca formación escolar y ahora emigren jóvenes con master y carreras universitarias a los que ha cerrado la posibilidad de aplicar aquí sus conocimiento. Sí que hemos progresado…

Y en lo político, a pesar de que tenemos formalmente autonomía y de que hasta hace unos meses siempre los gobiernos fueron de un partido autocalificado como de izquierda, que incluso se ha envuelto en la verdiblanca siempre que ha habido convocatorias electorales, esta autonomía no ha servido siquiera para que el río Guadalquivir y sus aguas puedan ser gobernados desde Andalucía. No digamos para crear suficientes empleos, dejar atrás la necesidad de emigrar, avanzar en la neutralización de las desigualdades, potenciar nuestra cultura… Más allá de ser granero de votos para partidos estatales, trampolín para el acceso, o la pretensión de acceso, a ámbitos de poder estatal para los dirigentes de estos, y laboratorio de experimentos políticos y administrativos, el papel político de Andalucía ha sido durante estos casi 40 años, y sigue siendo, mínimo. Como lo demuestra, por ejemplo, que una vez más, hace pocas semanas, en el pleno del congreso de los diputados para la investidura, fallida, de presidente del gobierno, no se mencionara ni una sola vez el nombre de Andalucía ni tuvieran protagonismo alguno nuestros problemas. Como si no existiéramos. ¿Para qué nos sirve, pues, esta limitada, insuficiente y decepcionante autonomía? ¿Estaría satisfecho con ella Blas Infante?

Quienes nos declaramos andalucistas no deberíamos dejar pasar un día como el de hoy como si fuera un mero ritual, anualmente repetido, de escaso contenido y con más escasas aún consecuencias políticas. Los rituales, las rememoraciones, son, sin duda, imprescindibles. Tenemos que homenajear a Blas Infante, claro que sí, recordando por qué lo asesinaron, recordando que sus restos han tenido el mismo destino que decenas de miles de andaluces demócratas, de diversas ideologías –las cunetas, las fosas comunes o ni se sabe dónde, como ocurre con los de Federico-, y mostrando nuestra indignación porque todavía ni siquiera se ha anulado aquella sentencia que intentó legalizar el crimen y asfixiar económicamente a Angustias, su viuda, y a Luisa, María de los Ángeles, Blas y Alegría, sus hijos, huérfanos desde tan pequeños… Pero todo esto, que –repito- es obligado, imprescindible, y que hacemos acompañados de algunos compañer@s que sin ser andalucistas han querido estar aquí con nosotros, debería tener también otros desarrollos para quienes sí nos afirmamos como tales. Creo, en conciencia, que no podemos escapar al emplazamiento que hoy nos haría, si pudiera, Blas Infante. Creo que, por encima de diferencias de estrategia o tácticas, deberíamos todos los y las andalucistas convertirnos en un Blas Infante colectivo que zamarree a nuestro Pueblo andaluz y le infunda la fuerza del pensamiento blasinfantiano para que logre levantarse, como pide nuestro himno, y exija Tierra y Libertad, los dos ideales centrales por los que luchó y murió el padre de la patria (o mejor, matria) andaluza.

Tenemos la obligación ética y política de dirigirnos a cada andaluz con los duros pero necesarios versos con que lo hiciera otro gigante del andalucismo, nuestro inolvidable Carlos Cano:

“No sé por qué te lamentas en vez de enseñar los dientes, ni por qué llamas mi tierra a aquello que no defiendes. Si en vez de ser pajaritos fuéramos tigres bengala, a ver quién sería el guapito de meterno en una jaula”

…Si el próximo 4 de Diciembre, nuestro Día Nacional, consiguiéramos visibilizar el andalucismo ante nuestro Pueblo, de forma potente y, al menos en esa celebración, como una gran y unitaria marea blanquiverde, demostraríamos dos cosas. La primera, que se equivocan quienes anunciaron con regocijo la desaparición del andalucismo, algunos para tratar de apropiarse de forma oportunista de su espacio presuntamente vacío. La segunda, que habríamos sabido anteponer lo que nos une a lo que nos diferencia superando sectarismos, oportunismos y personalismos. Sería un gran paso.

Poseemos referentes simbólicos poderosos: la arbonaida, el 4-D, Blas Infante… Símbolos que queremos compartir con todos pero que no vamos a aceptar que nadie se apropie de ellos para desvirtuarlos. Referentes que constituyen un patrimonio inequívocamente andalucista. Y tenemos también, o deberíamos tener, los andalucistas dolores comunes, heridas sangrantes del pasado y del presente que es preciso encarar sin demora. Para ello contamos también con los remedios que nos ofreció en su tiempo –no tan diferente estructuralmente al nuestro, repito- nuestro principal ideólogo, aquel revolucionario y propagandista del andalucismo que fuera asesinado en este mismo lugar hace hoy 83 años. ¡Qué más queremos! Él murió con un grito, un grito de tres palabras en las que resumía todo su proyecto político. Repitámoslo ahora poniendo no solo nuestro corazón en esas tres palabras sino también la voluntad de traducirlas cada día en los hechos. Es urgente hacerlo así porque nuestro Pueblo Andaluz está débil, enajenado, y muy potentes intereses quieren hacerlo desaparecer como tal, manteniendo, si acaso, solo algunos elementos de su cultura para que, convenientemente desactivados de su significación profunda, puedan ser vendidos como exotismos en el mercado turístico. Unámonos para impedirlo. Unámonos todos las y los andalucistas en el esfuerzo, en el trabajo, en la lucha, en la ilusión, por despertar a nuestro Pueblo. Como aquí y ahora vamos a unirnos, sin reticencia alguna, en gritar lo que en aquella noche terrible gritó Blas Infante mientras le arrebataban la vida, que no la fuerza de la verdad: ¡¡¡VIVA ANDALUCÍA LIBRE!!!

ISIDORO MORENO, Catedrático Emérito de Antropología y Patrono de la Fundación.

Ya llegan los recuerdos de una tarde,
los cuatros rumbos y gritos de un fusil cobarde
Llegan camino de Sevilla a Carmona
en una madrugada cargada de angustias,
con un cansancio de polvo asfixiante,
un sol que arde en los caminos,
y que cuando se va ocultando tras el monte
parece que arde
y arden los ríos, los ríos de mi sangre
y que sabe nadie y que sabe nadie…

En la fragua, las chicharras machacan sobre el yunque su cante
y van rompiendo pedazos de la tarde
y salpican cantos puntiagudos de carne
y yo aquí quieto y exhausto en una madrugada
que tomó un rumbo cobarde,
quieto pero lleno de blanco
quieto con mi puño en verde
quieto sobre mi sombra y con las alas de quien sabe nadie,
con los brazos extendidos,
el puño de mazo, el pecho desnudo
y las venas abiertas al aire.

Llegan los recuerdos con los cuatro rumbos de la tarde,
salpicando lágrimas, sobre el mar,
el monte y el valle.
¡Viva Andalucía Libre!
y asesinaron a Blas Infante.

Antonio Llamas (Poeta, Priego de Córdoba)

Hermanas y hermanos andaluces:

Aquí asesinaron a Blas Infante. Justo debajo de vuestros pies, declarado lugar de la memoria democrática de Andalucía por acuerdo del Consejo de Gobierno de 30 de diciembre de 2011. Aquí asesinaron a Blas Infante. Reconocido por unanimidad como Presidente de Honor del Parlamento de Andalucía en el pleno celebrado el 12 de mayo de 2010. Aquí asesinaron a Blas Infante. A quien todos los grupos parlamentarios declararon Padre de la Patria Andaluza el 14 de abril de 1983, y así consta en el preámbulo de nuestro Estatuto de autonomía, aprobado por el Parlamento de Andalucía, las Cortes Generales y refrendado por el pueblo andaluz. Aquí asesinaron a Blas Infante. A quien debemos nuestro himno, nuestro escudo, nuestro lema, y nuestra bandera que ondea en todas las instituciones públicas de Andalucía. Aquí asesinaron a Blas Infante. Hace 83 años.

Pero sus huesos no están aquí, ni enterrados con la dignidad que todo ser humano merece. Quizá se hallen en la fosa común de Pico Reja en Sevilla, junto con los de miles de víctimas de la represión franquista, cuya exhumación será posible gracias a una tardía, insuficiente pero necesaria ley de memoria democrática, aprobada sin oposición de ningún grupo político en el Parlamento de Andalucía. Mientras en el panteón de París descansan las personas más ilustres de Francia, Blas Infante, García Lorca y tantos otros hombres y mujeres de luz lo hacen en las cunetas más oscuras de Andalucía. Aquí asesinaron a Blas Infante. Y todavía seguimos esperando que se restituya su honor y se declare nula la sentencia infame que lo condenó a muerte el 4 de mayo de 1940, dictada por el Tribunal de Responsabilidades Políticas, cuatro años después de su asesinato.

Porque nos duele que cortaran las alas a un hombre bueno e inocente que abría las jaulas para liberar a los pájaros, desde la Fundación Blas Infante, exigimos que este acto en su memoria, ciudadano, plural, abierto y sobrio, no tenga más protocolo que la libertad y el respeto hacia sus familiares presentes y no presentes (en especial, su hija y presidenta de nuestra Fundación, María de los Ángeles Infante y a nuestro Vicepresidente de Honor, Pedro Ruiz-Berdejo), así como hacia los familiares de quienes fueron asesinados junto a él en este mismo sitio. No podemos pedir respeto intelectual hacia quienes, desde su fundamentalismo ignorante, desprecian a Blas Infante, al pueblo andaluz, a nuestras instituciones y a nuestras normas fundamentales. Pero sí que os rogamos silencio e indiferencia para no caer en su provocación insolente. No es el lugar ni el día. No es su lugar ni su día. Pero sí son los nuestros.

Porque hoy y aquí, como llevamos haciendo más de 30 años, reivindicaremos su legado y su actitud vital como el más luminoso y vanguardista de sus manifiestos. Volveremos a pedir paz y esperanza. Tierra y libertad. Todas ellas con nombre de mujer. Como Andalucía. Y lo firmaremos con flores al pie de la metáfora en bronce que mejor define a Blas Infante y su ideal: un hombre pájaro, con los pies arraigados en su tierra andaluza, y la mirada clavada en el cielo sin fronteras ni alambradas.

Quien deposite un ramo de flores también suscribe la conmemoración del centenario de tres hechos ocurridos en Córdoba, con Blas Infante como protagonista, determinantes en el devenir de nuestra historia social y política: el Manifiesto de la Nacionalidad que hoy forma parte de nuestro Estatuto y que nos reconoce como “realidad nacional”; la manifestación obrera que abarrotó las calles cordobesas presidida por primera vez con el lema “Viva Andalucía Libre”; y la Asamblea de Córdoba que dio carta de naturaleza a nuestra bandera y lema aprobados en Ronda, y marcó las directrices de los futuros proyectos estatutarios y reivindicaciones sociales y políticas para Andalucía: “ejército de maestros y profesores, de médicos e higienistas, la independencia civil y social de la mujer, el laicismo como garantía de la libertad de creencias y no creencias, una revolución agraria para acabar con el hambre, y todo ello desde la facultad de constituir Andalucía en Democracia Autónoma en aras de una República federal frente a la insolidaridad del centralismo”. Eso es lo que conmemoramos esta mañana: que su asesinato no fue capaz de asesinar su ideal para Andalucía. Y que se contiene en tres palabras: Viva Andalucía Libre.

¡Viva Andalucía libre!

Antonio Manuel, Patrono de la Fundación.

 

 

Blas Infante, cuyo aniversario de nacimiento se cumple el 5 de julio, tenía 51 años cuando fue asesinado en Sevilla la noche del 10 de agosto de 1936 en el kilómetro cuatro de la carretera de Carmona. Manuel José García Caparrós tenía 18 años cuando lo mató una bala durante las históricas manifestaciones del 4 de diciembre de 1977. Ocurrió en Málaga, en los alrededores de la única Diputación andaluza en la que se había prohibido izar la verdiblanca. Sin duda, una provocación, como lo demuestra la imagen del joven Trinidad Berlanga escalando por su fachada con una arbonaida en las manos para intentar ponerla en el balcón. No le dejaron. Guardias civiles y policías, junto a miembros armados de Fuerza Nueva, comenzaron poco después a disparar, parece que por orden directa del gobernador civil. Una bala hirió en el brazo al adolescente Miguel Jiménez Ruiz. Y otra, del calibre 9mm, como las que usaba la Policía Armada, acabó con la vida de Caparrós. Aunque se abrió una investigación, nunca hubo el menor interés en determinar los culpables: incluso el proyectil fue limpiado con acetona. Pocos días después, el 12 de diciembre de 1977, otra bala asesina acabó con el joven Javier Fernández Quesada a consecuencia de los disparos indiscriminados de la Guardia Civil en el Campus de la Universidad de La Laguna. Ambas muertes provocaron que el 20 de diciembre de 1977 se abriera con urgencia en el Congreso una Comisión de Investigación, entonces llamadas “de Encuesta”. La causa judicial sobre la muerte de García Caparrós fue archivada en 1985, al no haberse podido determinar los responsables penales. Inexplicablemente, la Comisión de Encuesta también se cerró sin responsables políticos. En ella declararon más personas que durante el proceso judicial. Ninguna mujer, por cierto. Algunas de las actas de aquellas sesiones son públicas. Pero no las del 13 de enero, 29 de junio y 9 de noviembre de 1978. ¿Por qué? ¿Qué esconden esas actas?

Recientemente, la familia de García Caparrós solicitó al Congreso de los Diputados tener acceso a las mismas, para lo que hubiera bastado el acuerdo mayoritario de la Mesa, conforme al Reglamento vigente. Sin embargo, en reunión celebrada hace pocos días, el 18 de mayo de 2017, la Mesa de la Cámara negó el derecho humano a conocer la verdad amparándose en el Reglamento provisional y preconstitucional que regulaba aquellas Comisiones, hoy inexistentes, el cual consideraba sus sesiones “secretas en todo caso”. La decisión de los diputados se parapeta en un informe de la Dirección de Documentación, Biblioteca y Archivo de la Cámara que califica como secretas aquellas sesiones pero sólo hasta su dictamen, aprobado en noviembre de 1978. En consecuencia, nada impide que pueda ser público o, cuando menos, consultado por los diputados que lo deseen, previo acuerdo de la Mesa. Justo lo que se ha prohibido tras 40 años de democracia.

Más de cuarenta años separan los asesinatos de Blas Infante y Manuel José García Caparrós. Más de cuarenta años tuvimos que esperar, desde su muerte, para pronunciar el nombre de Blas Infante en libertad. Algo más tiempo transcurrió hasta que el Parlamento de Andalucía lo reconociera como Padre de la Patria Andaluza. Y también tuvieron que pasar cuarenta años desde su muerte para que la Junta de Andalucía nombrase Hijo Predilecto a Manuel José García Caparrós. Pero ya no queremos esperar ni un día más para que el Congreso de los Diputados declare ilegal la sentencia infame que condenó a Blas Infante después de muerto y para que haga públicas las actas de la Comisión de Investigación sobre el homicidio del joven malagueño. Porque ambas negativas son un desprecio a lo que une a Blas Infante y García Caparrós: Andalucía, y a lo que une a estos con tantas otras víctimas de los enemigos de la democracia. Para todos ellos es necesaria la reivindicación de verdad, justicia y reparación.

Por todas estas razones, la Fundación Blas Infante ha acordado apoyar la reclamación de la familia García Caparrós y solicitar que se levante el veto político sobre las actas de las sesiones de la Comisión que investigó su asesinato.

Fundación Blas Infante

*Artículo publicado en Diario de Sevilla el  5 de julio de 2017 y otros diarios andaluces.

 

 

 

Es una inyección de alegría llegar a un territorio y que sus vecinos se sientan orgullosos del mismo. La fuerza de la estima, de la identidad, de la pertenencia entre una tierra y la gente que la ayuda a mantenerse viva es uno de los mejores estímulos. Es una reflexión y pensamiento que aparece en diversas ocasiones en el pensamiento de Blas Infante.

El mundo rural andaluz ha sido, sigue siendo un ejemplo de ello y precisamente en esta identificación y compromiso de los andaluces con su tierra reside gran parte de la grandeza del pueblo.

Pude comprobarlo hace unos días en Martín de la Jara, lugar donde nos reunimos un amplio grupo de jareños, andaluces, compañeros, amigos a rendir un sentido homenaje a la figura de Carlos Cano quien tuvo una estrecha vinculación con este municipio y las luchas que durante varios años se produjeron y que hicieron de esta comarca un lugar destacado en las reivindicaciones jornaleras de los años 70. Fueron, siguen siendo un gran ejemplo a seguir del que debemos sentirnos orgullosos, como rápidamente pudo comprobar el propio Carlos Cano.

En el homenaje participaron varios andaluces y andaluzas, entre los que nos encontrábamos Isidoro Moreno y yo mismo como patronos de la Fundación Blas Infante, cuyas intervenciones mostraron la vigencia de las reivindicaciones de hace casi cuarenta años, que recordaron que las motivaciones de Carlos Cano siguen hoy más vigentes que nunca.

Y como muestra, valga un ejemplo para todos aquellos que saben que la situación del campo andaluz y la lucha de sus trabajadores, de sus habitantes, de todos los que le dan vida de manera diaria sigue vigente.

Algunos propietarios quisieron, hace cuarenta años, cambiar el uso de propiedades agrícolas. Muchas de ellas olivareras, querían transformarlas en producciones cerealísticas, cuestión que las hacía más rentables. Sin embargo, el cereal requiere muchos menos jornales y tareas que el cultivo del olivar. Así, el cambio de cultivo llevaba al paro y a la miseria a centenares, quizás miles de jornaleros. Se opusieron con todas sus energías.

Los propietarios, firmes en su decisión, optaron en algunos casos por arrancar los olivos en el refugio de la noche, para evitar ser vigilados. Los jornaleros en turnos de vigilancia localizaban también de noche a quienes intentaban arrancar olivos y los buscaban para pararlos.

Esta situación la recoge Carlos Cano en su canción el Día de San Martín, haciendo poema una situación durísima. Tanto como la que hoy vivimos.

 

– ¿A dónde va la luna por los trigales?
– A pedir que no arranquen más olivares.
Que me dan alegrías y me quitan hambres,

y en diciembre me alivian las penas, madre.
Y el día de San Román una ventana s’abrió
y apareció en la mañana verde y blanca la color.
¡Ay que me diga que sí!… (que no me diga que no).
Desde Almería hasta Huelva
tiembla un suspiro de amor.
Los niños juegan, el sol se va
y en los alcores se oye el cantar:
– ¿A dónde va la rosa por los rosales?
– A decirle a la luna tengo un amante.
¡Un amante en la Sierra de labios tiernos
que es de La jara madre, y es jornalero!

Francisco Casero Rodríguez.