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Intervención de Antonio Manuel en el Acto del 84 Aniversario del Asesinato de Blas Infante

Hermanas y hermanos andaluces:

Aquí, tal día como hoy, asesinaron a Blas Infante. Y aquí, cada 10 de agosto, volvemos para que nadie olvide esta infamia y para que nadie se atreva a repetirla y volver a matar nuestro futuro. Lo hacemos en un acto libre, sobrio, abierto, plural y ciudadano, organizado por la Fundación que lleva su nombre y custodia su legado, sin más protocolo que el silencio y el respeto. Porque en esta misma tierra y bajo este mismo cielo, no sólo mataron a Blas Infante, por encima de todo, un hombre bueno que aspiraba a liberar al pueblo andaluz como liberaba a los pájaros de sus jaulas. También asesinaron al que fuera alcalde de Sevilla, José González Fernández de La Bandera; al diputado socialista, Manuel Barrios; al masón Fermín Zayas; y al teniente alcalde del Ayuntamiento de Sevilla y militante de Unión Republicana, Emilio Barbero Núñez. Todos arrojados a una fosa común pero no al olvido. Cada vez que los nombramos, viven y cobra más fuerza el grito con el que Blas Infante apostilló rebelde cada uno de los disparos que causaron su muerte: ¡Viva Andalucía Libre!

Cierren los ojos e imaginen por un momento que han asesinado a vuestro padre, a vuestro hijo, a vuestro compañero de vida. Ese dolor que os retuerce el espinazo fue el que sintieron las mujeres que rodearon a Blas Infante desde el día en que fueron a llevarle café y sandía al Cine Jáuregui donde lo tenían preso, y le devolvieron dos colchas, un termo, un reloj, una pluma y una alianza. Fueron ellas su verdadera infantería. Las que conservaron su memoria en su ausencia. Las que cuidaron durante la dictadura la Casa de la Alegría, el escudo de la puerta, la arbonaida en el arcón, los libros y los discos en sus estanterías, sus manuscritos en los cajones… Sin ellas, no brillaría con tanta luz el recuerdo de Blas Infante como no brilla la noche sin las estrellas. Ellas fueron su mujer, Angustias; su madre, Ginesa; y sus hijas Luisa, María de los Ángeles y Alegría. Blas Infante tenía a su madre Ginesa en un altar. A ella le dedicó una habitación en Dar al Farah con inscripciones aljamiadas que decían: “Vivirá en sus nietos la abuela Ginesa. ¡Noble señora Ginesa! Reina Ginesita”. Convencido de que la memoria se trasmite por el cordón umbilical de los cuidados de las madres.

A su viuda, Angustias García Parias, se le llenó el cuerpo de manchas negras como si la piel tomara el color del alma y del luto que llevaba puesto. Perdió tanto peso que aprovechó cada vestido para hacer otro a las niñas. Y se arruinó con tal de no desprenderse de la Casa de la Alegría, a la que siempre consideró la tumba que negaron a su marido. Sembró un jardín de lilas, violetas y pensamientos por dónde lo sacaron para que nadie volviera a profanar sus últimos pasos. Como tantas madres en la posguerra, dio de comer a sus hijos tortillas sin huevo con polvos teñidos de amarillo. Y aunque repitió a su marido cien veces “¿Quieres dejar a Andalucía que no te va a traer más que una tragedia?” fue gracias a ella que conservamos la misma bandera que presidió la manifestación del 4 de diciembre de 1977, y el escudo de la puerta, sin coronas ni laureles. Por respeto a quienes se jugaron la vida cuidando los símbolos de Andalucía, desde la Fundación Blas Infante exigimos que dejen de jugar con ellos.

Blas Infante fue un buen padre. Para que su hijo y sus niñas aprendieran a escribir, les dictaba que “La amapola es la flor más roja del campo”; les regalaba un caballo de madera para explicarle el mito del caballo de Troya; les recitaba cantando la “Luna Lunera”; o les narraba las aventuras del Quijote en los azulejos de la casa. Luisa, la mayor, continuó la tarea de su madre al quedarse en vivir en Dar al Farah cuando ella falleció. La más chica, Alegría, no tuvo tiempo de llamarlo padre. Y María de los Ángeles, jamás celebró su santo porque fue en ese día cuando lo arrancaron de sus brazos para siempre. Ella también perdió a su marido y a su hija, pero jamás el empeño en defender la memoria eterna de su padre, presidiendo la Fundación y este acto durante más de 30 años.

No podemos honrar la memoria de Blas Infante sin honrar la de su madre, esposa e hija que custodiaron la suya. Como no podemos hablar de andalucismo sin recordar que fuimos pioneros en la reivindicación de la libertad civil y el reconocimiento de los derechos de las mujeres, desde la Constitución de Antequera de 1883 hasta el programa de la Candidatura Republicana Revolucionaria Federalista Andaluza, para las Cortes Constituyentes de 1931. Andalucía tiene nombre de mujer. Y quizá porque sea nuestra Matria, padece la misma discriminación estructural que todavía sufren las mujeres en pleno siglo XXI. En unas circunstancias tan duras como la que estamos soportando, son las mujeres y Andalucía las que protagonizan los peores índices de paro y de pobreza. Sin duda, porque sus males son los mismos. Porque su lucha, es la misma.

Que cada uno de estos ramos de flores que depositamos a los pies del monumento a Blas Infante, recuerden también a las mujeres de su vida y a todas las mujeres que mantuvieron viva la memoria del pueblo andaluz.

¡Viva Andalucía Libre!

Antonio Manuel, Patrono de la Fundación Blas Infante.

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