La Fortaleza Andaluza en el Medio Rural

La Fortaleza Andaluza en el Medio Rural

 

 

Es una inyección de alegría llegar a un territorio y que sus vecinos se sientan orgullosos del mismo. La fuerza de la estima, de la identidad, de la pertenencia entre una tierra y la gente que la ayuda a mantenerse viva es uno de los mejores estímulos. Es una reflexión y pensamiento que aparece en diversas ocasiones en el pensamiento de Blas Infante.

El mundo rural andaluz ha sido, sigue siendo un ejemplo de ello y precisamente en esta identificación y compromiso de los andaluces con su tierra reside gran parte de la grandeza del pueblo.

Pude comprobarlo hace unos días en Martín de la Jara, lugar donde nos reunimos un amplio grupo de jareños, andaluces, compañeros, amigos a rendir un sentido homenaje a la figura de Carlos Cano quien tuvo una estrecha vinculación con este municipio y las luchas que durante varios años se produjeron y que hicieron de esta comarca un lugar destacado en las reivindicaciones jornaleras de los años 70. Fueron, siguen siendo un gran ejemplo a seguir del que debemos sentirnos orgullosos, como rápidamente pudo comprobar el propio Carlos Cano.

En el homenaje participaron varios andaluces y andaluzas, entre los que nos encontrábamos Isidoro Moreno y yo mismo como patronos de la Fundación Blas Infante, cuyas intervenciones mostraron la vigencia de las reivindicaciones de hace casi cuarenta años, que recordaron que las motivaciones de Carlos Cano siguen hoy más vigentes que nunca.

Y como muestra, valga un ejemplo para todos aquellos que saben que la situación del campo andaluz y la lucha de sus trabajadores, de sus habitantes, de todos los que le dan vida de manera diaria sigue vigente.

Algunos propietarios quisieron, hace cuarenta años, cambiar el uso de propiedades agrícolas. Muchas de ellas olivareras, querían transformarlas en producciones cerealísticas, cuestión que las hacía más rentables. Sin embargo, el cereal requiere muchos menos jornales y tareas que el cultivo del olivar. Así, el cambio de cultivo llevaba al paro y a la miseria a centenares, quizás miles de jornaleros. Se opusieron con todas sus energías.

Los propietarios, firmes en su decisión, optaron en algunos casos por arrancar los olivos en el refugio de la noche, para evitar ser vigilados. Los jornaleros en turnos de vigilancia localizaban también de noche a quienes intentaban arrancar olivos y los buscaban para pararlos.

Esta situación la recoge Carlos Cano en su canción el Día de San Martín, haciendo poema una situación durísima. Tanto como la que hoy vivimos.

 

– ¿A dónde va la luna por los trigales?
– A pedir que no arranquen más olivares.
Que me dan alegrías y me quitan hambres,

y en diciembre me alivian las penas, madre.
Y el día de San Román una ventana s’abrió
y apareció en la mañana verde y blanca la color.
¡Ay que me diga que sí!… (que no me diga que no).
Desde Almería hasta Huelva
tiembla un suspiro de amor.
Los niños juegan, el sol se va
y en los alcores se oye el cantar:
– ¿A dónde va la rosa por los rosales?
– A decirle a la luna tengo un amante.
¡Un amante en la Sierra de labios tiernos
que es de La jara madre, y es jornalero!

Francisco Casero Rodríguez.

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