Discurso de Javier Escalera Reyes en el homenaje a Blas Infante, Padre de la Patria Andaluza en el aniversario de su nacimiento el pasado 6 de julio

 

Sr. Teniente de Alcalde del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla, Sr. Presidente de la Fundación Blas Infante, Sr. Presidente del Ateneo de Sevilla, Sra. Presidenta de la confederación de Ateneos de Andalucía, señores y señoras representantes de algunos de los grupos políticos municipales, queridos patronos y patronas, hermanas y hermanos andaluces, es para mi un honor la oportunidad que se me brinda de participar en este acto conmemorativo del centésimo cuadragésimo primer aniversario del nacimiento de Blas Infante, para poder contribuir con mi modesta aportación a la actualización, hoy más necesaria que nunca, del pensamiento del Padre de la Matria Andaluza:

Aprovechando la reciente publicación del volumen que recoge las diferentes ponencias presentadas en el Decimo Octavo Congreso de la Fundación Blas Infante, que, sobre el tema de las Expresiones actuales de la Cultura Andaluza y el Andalucismo, se celebró en Sevilla en noviembre de 2024, que lleva por título Andalucía: Pueblo, Cultura y Conciencia, he creído oportuno centrar mi intervención sobre uno de los pilares fundamentales, incluso me atrevería a decir que la clave de bóveda del proyecto emancipador de Blas Infante para Andalucía —que de eso y no de otra cosa es de lo que va el Andalucismo—, como es su afirmación de la Cultura Andaluza como núcleo matriz de nuestra identidad como Pueblo.

Con respecto a la idea de Cultura, como explican Manuel Pimentel y Antonio Manuel en su excelente trabajo de edición del pensamiento de Blas Infante en el volumen titulado Andalucía. Teoría y Fundamento Político, sucede que, del mismo modo que con el resto de las ideas fuerza de su pensamiento, no fue sistematizada por él. No existe, —porque su asesinato lo impidió—, ningún texto en el que podamos encontrarlas fijadas en su significado y alcances, sino que estos aparecen dispersos a lo largo y ancho de sus obras, consolidándose a medida que se desarrolla su pensamiento.

De hecho, en mi opinión, el foco de la reflexión de Infante sobre la Cultura pasará desde concebirla en sus primeras obras desde un sentido epistemológico, refiriéndola sobre todo a los saberes y conocimientos y vinculada a las ideas de formación y cultivo de las capacidades intelectivas de las personas, —y por lo tanto claramente vinculada con la educación, entendida como instrumento para el logro de la emancipación individual y colectiva—, a una concepción ontológica más amplia y profunda de la Cultura en sus obras de madurez (La verdad sobre el complot de Tablada, La Sociedad de las Naciones, o sobre todo, Fundamentos de Andalucía), entendiéndola desde esta mirada como el auténtico núcleo sobre el que se sustenta la existencia de un pueblo y, por lo tanto, el fundamento esencial de su condición de sujeto colectivo, de su Soberanía.

Esta concepción parte de su idea de la primacía del “principio de las culturas” sobre el manipulado “principio de las nacionalidades” como la clave sobre la que se sustenta la identidad de un pueblo, su conciencia como tal y, como consecuencia de ello, la legitimidad de su derecho a decidir, su Soberanía.

Según Infante, es el “Principio de las culturas”, basado en la experiencia cultural compartida por un mismo pueblo, lo que verdaderamente da a una nación su “ser”, y lo que, por tanto, en última instancia, hace de un pueblo un “ser nacional”, hasta el punto de llegar a afirmar en su Carta acerca del fundamento de Andalucía, que “Las naciones no son entes políticos sino culturales (y por lo tanto) defender la Tierra de Andalucía es defender la base de su libertad, es expresar su primaria aspiración a ser”. Idea sobre la que autores posteriores, como Joan Francesc Mira e Isidoro Moreno, vinieron a formular el concepto de Nacionalismo Cultural.

De ahí la importancia nuclear en su proyecto político para Andalucía del estudio y difusión del conocimiento de la Historia de Andalucía y de la Cultura resultado de la misma.

Una Cultura con raíces tan profundas que llevaron a alguien tan poco sospecho de andalucista como José Ortega y Gasset —por otra parte, también co-responsable de la estigmatización de lo andaluz— a afirmar su condición de ser la del pueblo más antiguo del Mediterráneo, calificando su cultura como “la más radicalmente suya (…) de todas las (de las) regiones españolas”.

Cultura, entendida en un sentido amplio, antropológico, cuya definición podría resumirse en el modo de vida de un pueblo, en la forma propia de ser persona que, entre las infinitas posibilidades de lo humano, define al Pueblo Andaluz y le dota de alma.

Pero también Cultura entendida en un sentido dinámico, producto de un proceso histórico específico, pero en permanente cambio e incorporación de nuevas formas y expresiones. Cultura, por tanto, de condición mestiza, lo que constituye precisamente su mayor fortaleza para enfrentar el futuro como Pueblo, por si, de manera autónoma y libre.

Cultura, en fin, que, como ya descubriera Demófilo, posee una esencia profundamente popular, construida sobre todo por las clases subalternas como forma de resistencia y, por lo tanto, fuertemente cargada de valores como los de la solidaridad, la justicia, la igualdad, el humanismo…, pero en la que, a pesar de su configuración como Cultura de la Dependencia, como la definiera José María de los Santos, se encuentran las claves para su propia liberación.

Para ello, no obstante, como el propio Blas Infante señalaba, es fundamental la toma de Conciencia de la identidad compartida que dicha Cultura nos proporciona. Sin esa toma de Conciencia, incluso en el caso del mantenimiento de sus rasgos manifiestos, no se podrá hacer efectivo su poder emancipador. En consecuencia, se hace imprescindible la labor pedagógica que contribuya a la extensión del re-conocimiento de lo que somos y de cómo somos, para alimentar la Conciencia colectiva de ser un Pueblo.

Pero debemos entender que el surgimiento de la conciencia de pueblo no es inmediato a la existencia de una identidad histórica y cultural real y efectiva. De hecho, la estrategia de los autodefinidos como estados nacionales para lograr la legitimación de su existencia ha sido y es negar y mistificar la historia y la cultura de los pueblos sometidos a su poder, para bloquear en lo posible los procesos de toma de conciencia de los mismos que les pueda llevar del sentimiento de pertenencia, a reclamar su derecho a existir y su Soberanía como sujetos colectivos, libres y autónomos.

Es por ello que, evitando caer en esencialismos, desde el Andalucismo se hace imprescindible una reflexión seria y un debate riguroso sobre la potencialidad que, para la mencionada toma de Conciencia como Pueblo, tienen las formas y expresiones a través de las que, en el tiempo presente, se manifiesta la vitalidad de nuestra Cultura.

Más allá de esto y siendo consecuentes con la afirmación del carácter vivo y dinámico de la Cultura Andaluza, y de la riqueza que supone su condición mestiza, es imprescindible prestar atención también a las contribuciones a su vitalidad y enriquecimiento que están haciendo las personas de diferentes orígenes, pero que, como afirmaba Blas Infante, son andaluzas por el solo hecho de vivir, trabajar y, sobre todo, sentirse en y de Andalucía. Personas que, por lo tanto, pueden y deben ser protagonistas activas en la construcción de Andalucía como Pueblo.

En la actualidad, a pesar de la poderosa incidencia que las estrategias etnocidas —que así se denomina en ciencias sociales el intento de eliminación de las culturas— ejercidas por los diferentes agentes e instancias del estado nacional, que han conseguido ahogar en buena medida el potente desarrollo de la conciencia que llevó a los andaluces, por primera vez en nuestra historia contemporánea, a afirmarse como pueblo y torcer el rumbo que se nos tenía trazado, contemplamos la efervescencia de lo que se ha dado en llamar Nuevo Andalucismo Cultural. Movimiento heterogéneo, tanto en cuanto a sus protagonistas, como en cuanto a sus formas de expresión (plásticas, musicales, literarias, audiovisuales, comunicativas…), y también diversas en cuanto al grado de voluntad consciente al que responden, que presenta similitudes con el que alimentó aquella emergencia Andalucista de lo años setenta y ochenta del siglo pasado.

Nuevo Andalucismo Cultural de cuyas diversas expresiones creativas debemos valorar la potencialidad que tienen como impulsores para el tránsito desde el sentimiento compartido, de naturaleza individual, a la toma de conciencia colectiva como pueblo, es decir, de la indiscutible Identidad Cultural a la imprescindible Identidad Política, aprovechándolas para continuar con la acción pedagógica que, como afirmara Blas Infante, es la herramienta fundamental que hará, más pronto que tarde, despertar al Pueblo Andaluz como sujeto colectivo consciente de su existencia y dueño de su futuro.

En consecuencia, ante la popularización de los diferentes y oportunistas “andalucismos de salón” que observamos en la actualidad, es preciso reafirmar la razón fundamental que constituye la seña de identidad del Andalucismo, que no es otra que el reconocimiento de la Soberanía del Pueblo Andaluz, emanada de la Cultura compartida por su ciudadanía, principio y origen de su derecho a decidir sobre todos los temas y problemas que le atañen, de manera autónoma respecto de cualquier otra instancia o poder.

Así pues, del mismo modo que la condición de cristiano no debe ni puede limitarse a cumplir con el precepto de la misa dominical, sino que debe ser consecuente con el mandato de amar al prójimo como a ti mismo y actuar siguiendo la máxima de la parábola sobre el camello y el ojo de la aguja que señala la prioridad de, por y para los más humildes; de la misma manera que la condición de feminista, no debe ni puede limitarse a hacer declaración de respeto por las madres, las hermanas, las hijas o las esposas, sino que debe ser consecuente con el principio de la igualdad esencial entre mujeres y hombres; al igual que la condición de ecologista no debe ni puede limitarse a vestirse de verde y a declarar el cariño por los animales, sino que debe ser consecuente con el principio fundamental que entiende al ser humano de manera indisociable del profundo entramado de relaciones que constituyen los ecosistemas de los que formamos parte y no promover acciones que los destruyen; del mismo modo, digo, la condición de Andalucista no debe ni puede limitarse a cantar las bellezas de Andalucía, a manifestar afición a los aspectos más superficiales de la Cultura Andaluza, o a envolverse en la bandera verde y blanca, sino que debe ser consecuente con la reivindicación, la difusión y el desarrollo de nuestra Cultura como razón de ser de la Soberanía de Andalucía.

 

Muchas gracias por su atención